La carretera del exilio

Durante el invierno de 1939, una interminable columna de soldados derrotados, familias enteras, ancianos, niños y animales avanzó lentamente hacia los Pirineos bajo los bombardeos de la aviación franquista y el intenso frío de enero. Aquella retirada, conocida como La Retirada, constituyó el mayor movimiento de población de la historia de España hasta ese momento. En apenas unas semanas, cerca de medio millón de personas abandonaron el país convencidas de que regresar significaba exponerse a la cárcel, la represión o la muerte. Sin embargo, al otro lado de la frontera tampoco les esperaba la libertad soñada. Francia improvisó campos de internamiento en las playas del Rosellón, donde miles de refugiados descubrirían que el final de la guerra española solo marcaba el comienzo de otra tragedia.

Por Ángel Caballero

A comienzos de enero de 1939, la Guerra Civil española estaba prácticamente decidida. Tras más de dos años y medio de combates, el equilibrio militar había desaparecido por completo. El ejército republicano, agotado por las derrotas, la escasez de armamento y la pérdida progresiva del apoyo internacional, apenas podía contener el avance de las tropas franquistas en Cataluña. Barcelona, la gran capital republicana desde el otoño de 1937, vivía sus últimos días como símbolo de resistencia. Las sirenas antiaéreas sonaban con una frecuencia casi rutinaria, los refugios subterráneos volvían a llenarse varias veces al día y el miedo había sustituido al entusiasmo revolucionario que había marcado el inicio del conflicto.

La caída de la ciudad parecía inevitable.

Desde finales de diciembre de 1938, la ofensiva franquista sobre Cataluña avanzaba con una rapidez desconocida hasta entonces. La llamada Campaña de Cataluña movilizó cerca de 300.000 soldados del bando sublevado, apoyados por una enorme superioridad en aviación y artillería. Frente a ellos, el ejército republicano apenas podía improvisar líneas defensivas que se desmoronaban una tras otra. Muchos combatientes llevaban meses sin recibir reemplazos adecuados, sufrían una gravísima falta de municiones y observaban con desesperación cómo las democracias europeas seguían manteniendo una política de no intervención que, en la práctica, favorecía a quienes sí recibían ayuda de la Alemania nazi y la Italia fascista.

El 26 de enero, las tropas franquistas entraron en Barcelona.

La ciudad apenas ofreció resistencia organizada. Las autoridades republicanas habían comenzado a evacuar días antes archivos, obras de arte, reservas del Banco de España y buena parte de la administración. Detrás de ellas partieron miles de civiles que comprendieron inmediatamente el significado de aquella derrota. La guerra no había terminado oficialmente, pero para Cataluña sí.

Fue entonces cuando comenzó una de las escenas más impresionantes de toda la historia contemporánea española.

Las carreteras que conducían hacia Girona y la frontera francesa empezaron a llenarse de personas. Al principio avanzaban funcionarios, diputados, militares y miembros de la administración republicana. Poco después se incorporaron familias enteras que abandonaban sus casas con apenas unas mantas, algo de ropa y los objetos imprescindibles que podían transportar. Finalmente llegaron los soldados derrotados, mezclándose con una multitud donde resultaba imposible distinguir entre civiles y combatientes.

No existía un único éxodo.

Existían cientos de pequeños éxodos simultáneos que terminaban confluyendo en las mismas carreteras.

Algunos viajaban en camiones militares completamente abarrotados. Otros utilizaban carros tirados por mulas. Muchos caminaban durante jornadas enteras empujando bicicletas cargadas con colchones, sacos de harina, máquinas de coser o jaulas con gallinas. Los testimonios describen un paisaje casi irreal. Automóviles oficiales compartían espacio con rebaños de ovejas, ambulancias, carros agrícolas, artillería abandonada, ancianos que apenas podían mantenerse en pie y niños que avanzaban cogidos de la mano de sus madres sin comprender exactamente qué estaba ocurriendo.

Aquellas columnas podían extenderse durante decenas de kilómetros.

Las fotografías tomadas por reporteros como Robert Capa, David Seymour «Chim» o Agustí Centelles muestran una corriente humana prácticamente continua avanzando hacia el norte. No aparecen grandes gestos heroicos. Tampoco cargas militares espectaculares. Lo que transmiten es algo mucho más devastador: el lento movimiento de una sociedad que se desmorona.

El invierno hizo todavía más dramática la retirada.

Enero de 1939 fue especialmente frío en los Pirineos orientales. La nieve cubría muchos pasos de montaña y las temperaturas descendían por debajo de cero durante la noche. Miles de personas dormían al borde de las carreteras envueltas únicamente en mantas. Los niños sufrían bronquitis, pulmonías y congelaciones. Las madres intentaban calentar leche utilizando pequeñas hogueras improvisadas mientras el ruido lejano de la aviación recordaba constantemente que la guerra seguía muy cerca.

Porque los bombardeos no cesaron.

La aviación franquista, apoyada por aparatos italianos y alemanes, atacó repetidamente las carreteras utilizadas por los refugiados. Los objetivos prioritarios eran las columnas militares en retirada, pero las bombas caían inevitablemente sobre una masa donde resultaba imposible separar soldados de población civil. El pánico se repetía una y otra vez. Bastaba escuchar el sonido de los motores para que miles de personas abandonaran carros y vehículos buscando refugio en cunetas, campos o pequeños bosques cercanos.

La retirada adquirió pronto dimensiones imposibles de gestionar.

Las autoridades republicanas intentaban mantener un mínimo orden, reservando determinadas rutas para el ejército y otras para la población civil. Sin embargo, el colapso de las comunicaciones hacía prácticamente inútiles esas instrucciones. Los puentes se saturaban. Los vehículos averiados bloqueaban la circulación. Muchos conductores terminaban abandonando sus automóviles cuando se quedaban sin combustible. Las carreteras de Cataluña comenzaron a parecerse más a un inmenso campamento improvisado que a una red de comunicaciones.

Mientras tanto, al otro lado de los Pirineos, el gobierno francés seguía dudando.

París observaba con enorme preocupación la aproximación de cientos de miles de refugiados. Francia atravesaba una profunda crisis política y económica, el recuerdo de la Primera Guerra Mundial seguía muy presente y el temor a un conflicto europeo con Alemania aumentaba cada mes. Recibir semejante avalancha humana suponía un desafío gigantesco. Durante varios días, las autoridades francesas discutieron incluso la posibilidad de mantener cerrada la frontera.

Aquella decisión resultaría crucial.

Porque, mientras diplomáticos y ministros deliberaban en despachos situados a cientos de kilómetros, cientos de miles de personas seguían avanzando lentamente hacia los pasos fronterizos convencidas de que, detrás de aquellas montañas nevadas, aún existía un lugar donde ponerse a salvo. Muy pronto descubrirían que cruzar la frontera no significaba necesariamente dejar atrás la tragedia. Al contrario. Para muchos, solo era el principio.

La frontera que no quería abrirse

El 27 de enero de 1939, apenas un día después de la caída de Barcelona, los primeros grupos de refugiados comenzaron a concentrarse ante los pasos fronterizos de Le Perthus, Cerbère y Bourg-Madame. Habían recorrido decenas o centenares de kilómetros convencidos de que Francia representaba la última posibilidad de escapar de una guerra perdida. Sin embargo, al llegar descubrieron una escena tan inesperada como desesperante: las barreras permanecían cerradas y, al otro lado, soldados franceses observaban en silencio aquella inmensa multitud sin recibir todavía la orden de dejarla pasar.

Durante horas, y en algunos lugares durante varios días, miles de personas quedaron atrapadas en una estrecha franja de tierra entre el avance franquista y la indecisión del Gobierno francés.

La imagen resume perfectamente el drama de aquellos días. Detrás llegaban las tropas vencedoras. Delante aparecía una frontera que todavía dudaba si debía convertirse en refugio o en muro.

Las vacilaciones de París no respondían únicamente a la falta de solidaridad, aunque así fueran interpretadas por muchos refugiados. Francia atravesaba uno de los momentos políticos más delicados de la Tercera República. La victoria del Frente Popular pertenecía ya al pasado, el país sufría fuertes tensiones sociales y el Gobierno de Édouard Daladier intentaba mantener un difícil equilibrio entre las presiones de la izquierda, favorable a acoger a los republicanos, y una derecha cada vez más alarmada por la llegada masiva de «rojos españoles». Además, Europa vivía pendiente de Hitler. Apenas unos meses antes, los Acuerdos de Múnich habían demostrado hasta qué punto las democracias occidentales trataban de evitar un nuevo conflicto continental. Nadie en París deseaba añadir otra crisis a una situación ya extraordinariamente frágil.

El problema era también logístico.

Las autoridades francesas calculaban inicialmente que podrían llegar entre cincuenta y cien mil personas. La realidad multiplicó aquellas previsiones. Entre finales de enero y mediados de febrero cruzaron la frontera alrededor de 450.000 republicanos españoles, una cifra difícil de gestionar incluso para un Estado mucho más preparado que la Francia de 1939. Nunca antes el país había recibido una oleada de refugiados semejante en tan poco tiempo.

Finalmente, el 28 de enero, París autorizó el paso de mujeres, niños, ancianos y heridos. Los soldados republicanos tuvieron que esperar todavía varios días más. Las autoridades francesas temían que la entrada de decenas de miles de combatientes armados provocara incidentes de seguridad o facilitara la reorganización militar del ejército derrotado dentro del territorio francés.

Aquella separación resultó profundamente traumática.

En los pasos fronterizos comenzaron a repetirse escenas de despedidas precipitadas. Muchos hombres entregaban sus mochilas a sus esposas antes de ser conducidos hacia filas distintas. Madres que cruzaban con varios hijos ignoraban cuándo volverían a ver a sus maridos. Padres obligaban a caminar a niños completamente agotados mientras intentaban convencerlos de que la separación solo duraría unos días. En realidad, para miles de familias significó una ruptura definitiva.

Antes de atravesar la frontera, los militares republicanos debían entregar sus armas. Fusiles, pistolas, ametralladoras e incluso piezas de artillería fueron amontonándose junto a los pasos pirenaicos bajo la vigilancia del ejército francés. La escena poseía un enorme simbolismo. No solo terminaba una campaña militar. Desaparecía el último ejército que todavía combatía oficialmente en nombre de la Segunda República.

Una vez desarmados, los soldados fueron conducidos inmediatamente hacia el interior de Francia.

Los civiles, por su parte, iniciaron otro tipo de viaje.

Muchos imaginaban que serían distribuidos provisionalmente entre distintas localidades hasta que la situación política española se estabilizara. Algunos confiaban incluso en regresar pocas semanas después, convencidos de que las democracias europeas terminarían reaccionando contra Franco. Aquellas esperanzas se desvanecieron casi de inmediato.

Francia no había preparado ningún plan de acogida de semejante magnitud.

Las escuelas, almacenes, estaciones ferroviarias y edificios públicos de las localidades fronterizas quedaron completamente desbordados en cuestión de horas. Las autoridades improvisaron alojamientos provisionales en gimnasios, mercados cubiertos y hangares. La Cruz Roja distribuyó mantas y alimentos, mientras numerosos vecinos del Rosellón ofrecían espontáneamente agua caliente, sopa o ropa a los recién llegados. Hubo gestos de enorme solidaridad individual que contrastaban con la improvisación administrativa.

Pero aquella respuesta solo podía funcionar durante unos pocos días.

Pronto el Gobierno decidió concentrar a la mayor parte de los refugiados en grandes recintos alejados de los núcleos urbanos. La solución elegida parecía sencilla y barata: utilizar las largas playas del litoral mediterráneo, enormes extensiones de arena prácticamente vacías durante el invierno.

Así nacieron los campos de Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien y Barcarès.

Llamarlos «campos» resulta, en cierto modo, engañoso.

Al principio no existía absolutamente nada.

Ni barracones.

Ni letrinas.

Ni cocinas.

Ni agua potable.

Ni enfermerías.

Solo kilómetros de arena cercados con alambradas y vigilados por soldados coloniales franceses, muchos de ellos senegaleses y marroquíes. Los refugiados recibían la orden de instalarse allí y organizar como pudieran su propia supervivencia.

Los testimonios de quienes llegaron durante aquellas primeras semanas coinciden de manera casi unánime. El viento levantaba continuamente la arena, que se mezclaba con los escasos alimentos y se introducía en ojos, heridas y pulmones. Para protegerse del frío, muchos excavaban agujeros donde intentaban dormir cubiertos con mantas húmedas. Otros levantaban refugios utilizando mantas sujetas por ramas recogidas en las inmediaciones. Cuando llovía, aquellos improvisados habitáculos desaparecían bajo el barro.

La alimentación era insuficiente desde el primer momento.

Un trozo de pan, algo de sopa aguada y, ocasionalmente, alguna ración de carne constituían la dieta habitual. Conseguir agua potable implicaba largas esperas frente a unos pocos puntos de distribución. Las enfermedades comenzaron a extenderse con rapidez. Disentería, sarna, infecciones respiratorias y desnutrición afectaban especialmente a los niños y a las personas de mayor edad.

Muchos refugiados no entendían lo que estaba ocurriendo.

Habían cruzado la frontera esperando encontrar un país aliado, la patria de la Revolución Francesa, de los Derechos del Hombre y del Frente Popular. En lugar de eso se encontraban rodeados por alambradas y vigilados por soldados. La decepción aparece una y otra vez en diarios, cartas y memorias escritas durante aquellos meses.

Conviene, sin embargo, introducir un matiz histórico importante.

Los campos franceses de 1939 no fueron concebidos como campos de exterminio ni respondían a la lógica que, pocos años después, impondría el sistema concentracionario nazi. Eran campos de internamiento improvisados, nacidos del miedo, de la falta de previsión y del colapso administrativo provocado por un éxodo sin precedentes. Esa diferencia resulta esencial. Pero no elimina la dureza de las condiciones de vida ni el profundo sentimiento de abandono que experimentaron quienes pasaron por ellos.

Y aún quedaba lo peor.

Porque apenas siete meses después de que los últimos republicanos españoles cruzaran los Pirineos, Europa volvería a entrar en guerra. Entonces, muchos de aquellos hombres descubrirían que el exilio no era el final del camino, sino el comienzo de una nueva lucha que los llevaría desde la Resistencia francesa hasta los campos de concentración nazis y, en algunos casos, incluso hasta la liberación de París.

Del refugio provisional al exilio permanente

Durante las primeras semanas de internamiento, casi nadie en los campos franceses pensaba que aquella situación fuera a prolongarse demasiado. Los refugiados hablaban constantemente del regreso. Unos confiaban en que la guerra todavía pudiera dar un vuelco inesperado. Otros estaban convencidos de que las democracias occidentales no permitirían la consolidación del nuevo régimen franquista. Incluso quienes contemplaban el futuro con mayor pesimismo imaginaban un exilio de pocos meses, quizá de un año. Muy pocos sospechaban que estaban iniciando una diáspora que marcaría varias generaciones.

Las autoridades francesas también consideraban provisional el internamiento. Mantener a centenares de miles de personas hacinadas en playas cercadas por alambradas resultaba económicamente insostenible y políticamente incómodo. A medida que pasaban las semanas, el Gobierno comenzó a buscar soluciones que permitieran vaciar progresivamente los campos. No existía un plan único. Cada refugiado debía decidir, en la medida de lo posible, entre varias alternativas, ninguna de ellas especialmente atractiva.

La primera consistía en regresar a España.

Desde febrero de 1939, las nuevas autoridades franquistas organizaron diversos procedimientos de repatriación. Oficialmente, quienes no hubieran cometido delitos de sangre podían volver a sus hogares tras someterse a un proceso de depuración. En la práctica, aquella promesa despertaba muy poca confianza entre quienes conocían ya las primeras noticias sobre ejecuciones, encarcelamientos y consejos de guerra en las zonas ocupadas. Cada familia debía hacer un cálculo terrible. Permanecer en Francia significaba soportar condiciones miserables e inciertas; regresar implicaba enfrentarse a un futuro completamente desconocido.

Aun así, decenas de miles optaron por volver.

Las cifras varían según las fuentes, pero durante la primavera y el verano de 1939 alrededor de dos tercios de los refugiados terminaron regresando a España. Algunos lo hicieron porque no soportaban la vida en los campos. Otros porque tenían familiares dependientes al otro lado de la frontera. No faltaron quienes confiaban sinceramente en poder rehacer su vida bajo el nuevo régimen. Las experiencias posteriores fueron muy diferentes. Algunos lograron reintegrarse tras sufrir expedientes de depuración o breves encarcelamientos; otros fueron condenados a largas penas de prisión, enviados a batallones de trabajadores o ejecutados tras juicios sumarísimos. El regreso nunca fue una garantía de seguridad.

Quienes decidieron permanecer en Francia se enfrentaron a otro dilema.

El Estado francés necesitaba mano de obra. La economía seguía funcionando y numerosos sectores sufrían escasez de trabajadores. Agricultores del sur del país comenzaron a contratar jornaleros españoles para las campañas agrícolas; empresas industriales incorporaron obreros especializados; minas, canteras y explotaciones forestales recurrieron igualmente a los refugiados. Poco a poco, muchos abandonaron las alambradas para instalarse en pequeñas localidades del interior, donde iniciaron una vida completamente nueva.

Aquella integración no siempre resultó sencilla.

El idioma constituía la primera barrera. Muchos campesinos catalanes o aragoneses apenas hablaban francés. También existían recelos políticos. Una parte de la opinión pública seguía identificando a los republicanos españoles con el desorden revolucionario, mientras determinados sectores de la derecha francesa los contemplaban como un peligro potencial. Sin embargo, la convivencia cotidiana fue desmontando muchos prejuicios. En numerosos pueblos del Mediodía francés, los españoles pasaron rápidamente de ser refugiados desconocidos a convertirse en vecinos, compañeros de trabajo o incluso familiares mediante matrimonios mixtos.

Mientras tanto, otros países empezaban a ofrecer una alternativa completamente distinta: la emigración transoceánica.

México desempeñó un papel absolutamente excepcional. El presidente Lázaro Cárdenas no solo mantuvo su apoyo político a la República hasta el final de la guerra, sino que organizó uno de los mayores programas de acogida de exiliados del siglo XX. Entre 1939 y los primeros años cuarenta llegaron al país decenas de miles de españoles, muchos de ellos intelectuales, profesores universitarios, científicos, médicos, arquitectos, ingenieros y artistas. Buques como el Sinaia, el Ipanema o el Mexique cruzaron el Atlántico cargados de familias que abandonaban definitivamente Europa.

Aquella emigración tuvo consecuencias extraordinarias para la cultura mexicana.

Figuras como José Gaos, María Zambrano, Max Aub, León Felipe, Luis Cernuda, Adolfo Sánchez Vázquez o tantos otros encontraron allí un espacio donde continuar desarrollando su trabajo intelectual. Universidades, editoriales, centros de investigación y escuelas recibieron una aportación difícil de exagerar. En cierto modo, una parte muy significativa de la cultura republicana española sobrevivió gracias a aquel exilio americano.

Chile siguió un camino parecido gracias a una iniciativa impulsada por Pablo Neruda.

Nombrado cónsul especial para la inmigración española, el poeta organizó en 1939 el viaje del Winnipeg, un viejo carguero acondicionado para transportar a más de dos mil refugiados hasta Valparaíso. Neruda describiría siempre aquella operación como una de las acciones más importantes de toda su vida. Muchos de aquellos pasajeros terminaron convirtiéndose en profesores, empresarios, artistas o profesionales destacados dentro de la sociedad chilena.

También Argentina, República Dominicana, Venezuela y otros países latinoamericanos recibieron contingentes importantes de exiliados, aunque con políticas muy diferentes y, en algunos casos, mucho más restrictivas.

Quienes permanecieron en Francia, sin embargo, pronto descubrieron que la historia todavía les reservaba otra prueba.

Apenas unos meses después de terminar la Guerra Civil española, Europa comenzó a deslizarse hacia un conflicto de dimensiones desconocidas. Desde los campos y pueblos donde intentaban reconstruir su existencia, los republicanos observaban con inquietud las noticias que llegaban de Alemania. Muchos comprendían mejor que nadie el significado de aquellos movimientos. Llevaban años advirtiendo de que el fascismo no constituía un problema exclusivamente español. Ahora el continente entero estaba a punto de comprobarlo.

Cuando Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939 y Francia declaró la guerra dos días después, el exilio republicano cambió completamente de naturaleza.

De pronto, aquellos hombres y mujeres dejaban de ser únicamente refugiados de una guerra civil para convertirse en protagonistas involuntarios de una guerra mundial.

Y una vez más, tendrían que decidir de qué lado querían combatir.

Los españoles que siguieron combatiendo

Cuando el invierno comenzó a retirarse de las playas del Rosellón, muchos refugiados comprendieron que el regreso a España no iba a producirse. Franco había proclamado oficialmente el final de la guerra el 1 de abril de 1939, las principales potencias europeas reconocían ya a su régimen y la esperanza de una rápida intervención internacional desaparecía casi por completo. Para cientos de miles de exiliados, el problema dejaba de ser cómo escapar de la guerra española. Ahora debían decidir qué hacer con el resto de sus vidas.

Francia tampoco podía mantener indefinidamente a casi medio millón de personas encerradas tras alambradas.

El Gobierno comenzó entonces a ofrecer distintas alternativas. Algunas familias fueron trasladadas al interior del país para trabajar en explotaciones agrícolas o fábricas necesitadas de mano de obra. Los niños más pequeños fueron acogidos temporalmente por organizaciones humanitarias y por familias francesas. Otros refugiados emigraron a Bélgica, México, Chile, la Unión Soviética o distintos países de América Latina, donde gobiernos como el de Lázaro Cárdenas organizaron ambiciosos programas de acogida para intelectuales, maestros, médicos, ingenieros y trabajadores españoles.

Sin embargo, decenas de miles de hombres tomaron una decisión muy distinta.

Aceptaron alistarse en las Compañías de Trabajadores Extranjeros, unidades creadas por Francia para construir carreteras, fortificaciones, líneas férreas y otras infraestructuras militares ante el creciente riesgo de una guerra con Alemania. Aquellos antiguos soldados republicanos cambiaron el fusil por el pico y la pala, convencidos de que colaborar con Francia aumentaba las posibilidades de derrotar algún día al fascismo europeo y, quizá, regresar después a una España libre.

La historia volvió a acelerar su ritmo.

El 1 de septiembre de 1939, Alemania invadía Polonia. Dos días más tarde, Francia y el Reino Unido declaraban la guerra a Hitler. El conflicto del que tantos españoles habían advertido desde el comienzo de la Guerra Civil acababa de estallar.

Muchos refugiados comprendieron inmediatamente que aquella ya no era una guerra ajena.

Durante años habían repetido que España había sido el laboratorio donde el fascismo europeo había ensayado nuevas formas de combate, desde los bombardeos sobre población civil hasta la intervención masiva de Alemania e Italia. Ahora el resto del continente empezaba a sufrir la misma amenaza.

Pero Francia apenas resistió unos meses.

En mayo de 1940 comenzó la ofensiva alemana sobre el oeste de Europa. En apenas seis semanas, el ejército francés quedó completamente derrotado. La rapidez del colapso sorprendió incluso a los propios mandos alemanes. Para miles de republicanos españoles aquello significó una segunda derrota consecutiva en menos de dos años.

Las consecuencias fueron dramáticas.

Muchos trabajadores españoles cayeron prisioneros durante el avance alemán. Otros consiguieron escapar hacia el sur. Algunos lograron embarcar rumbo al norte de África o Gran Bretaña. Y varios miles tomaron una decisión extraordinariamente arriesgada: permanecer en la Francia ocupada para integrarse en los primeros grupos clandestinos de resistencia.

Con el tiempo, los españoles se convertirían en una pieza muy importante de la Resistencia francesa.

Su experiencia militar, adquirida durante casi tres años de Guerra Civil, resultaba enormemente valiosa. Sabían manejar explosivos, organizar emboscadas, sabotear vías férreas y sobrevivir en condiciones extremadamente difíciles. Muchos grupos de maquis franceses incorporaron rápidamente a antiguos combatientes republicanos, que aportaban además una motivación política muy clara: seguían considerando que la derrota de Hitler constituía el paso imprescindible para acabar algún día también con la dictadura franquista.

Esa esperanza, aunque finalmente resultara frustrada, alimentó una participación extraordinaria.

Los españoles combatieron en los Pirineos, en el Macizo Central, en la región de Toulouse, en Aquitania y en numerosas zonas rurales donde la guerrilla hostigaba constantemente a las tropas alemanas. Decenas de ellos fueron capturados, torturados o ejecutados por la Gestapo.

Otros conocieron un destino todavía peor.

El régimen de Franco se negó expresamente a reconocer como ciudadanos españoles a buena parte de los republicanos deportados por los nazis. Aquella decisión dejó a miles de hombres en una situación de absoluta indefensión jurídica. Los alemanes los clasificaron como apátridas y comenzaron a enviarlos a campos de concentración.

Mauthausen se convirtió en el principal símbolo de aquella tragedia.

Más de siete mil españoles fueron deportados al complejo austríaco. La mayoría procedía precisamente del exilio francés. En la cantera de granito de Mauthausen murieron alrededor de cinco mil de ellos, víctimas del hambre, las enfermedades, los trabajos forzados y las ejecuciones. Durante décadas, la fotografía de aquellos supervivientes posando tras la liberación con una pancarta en español —«Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras»— resumió como pocas imágenes el largo viaje iniciado en las carreteras de Cataluña en 1939.

Pero quizá la historia más conocida sea la de La Nueve.

La 9.ª Compañía de la 2.ª División Blindada del general Leclerc estaba integrada mayoritariamente por republicanos españoles. Sus vehículos llevaban nombres como Guadalajara, Teruel, Madrid, Guernica o Ebro, un recuerdo permanente de la guerra que habían perdido. El 24 de agosto de 1944, aquellos blindados fueron los primeros en entrar en París durante la liberación de la capital francesa. Resulta difícil encontrar una paradoja mayor: hombres derrotados cinco años antes en España encabezaban ahora la recuperación de una de las grandes capitales europeas frente al nazismo.

Sin embargo, la victoria aliada no trajo consigo el desenlace que muchos esperaban.

Los exiliados confiaban en que, una vez derrotadas Alemania e Italia, las democracias occidentales impulsarían también el final de la dictadura franquista. Durante algunos meses esa posibilidad pareció incluso plausible. Pero el comienzo de la Guerra Fría modificó rápidamente las prioridades internacionales. Franco pasó de ser un incómodo aliado de las potencias fascistas a convertirse en un útil bastión anticomunista para Estados Unidos y buena parte de Europa occidental.

El regreso tendría que esperar.

Para la inmensa mayoría nunca llegó.

Miles de republicanos murieron en Francia, México, Argentina, Chile o la Unión Soviética sin volver a cruzar los Pirineos. Otros regresaron discretamente décadas más tarde, ya ancianos, para descubrir un país profundamente distinto del que habían abandonado en aquellas interminables columnas de enero de 1939.

El éxodo republicano terminó oficialmente hace mucho tiempo. Pero su legado sigue vivo en cientos de miles de descendientes repartidos por medio mundo, en los cementerios franceses donde descansan tantos exiliados y en una memoria europea que cada vez contempla con mayor claridad aquel episodio no solo como una tragedia española, sino como uno de los primeros grandes dramas de refugiados del siglo XX.

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