A mediados de julio de 1518, una mujer comenzó a bailar sin motivo aparente en una calle de Estrasburgo. No estaba celebrando una fiesta ni acompañada por músicos. Simplemente bailaba. Cuatro días después ya eran varias decenas. Al cabo de unas semanas, centenares de personas parecían incapaces de detenerse. Las autoridades recurrieron a médicos, sacerdotes e incluso contrataron músicos profesionales convencidas de que la única manera de curar aquella extraña enfermedad era dejar que los afectados siguieran bailando. Cinco siglos después, la llamada epidemia de baile de Estrasburgo continúa siendo uno de los episodios más desconcertantes de la historia europea.
Por Manuel Jancewicz
Hay veranos que pasan a la historia por una batalla, una coronación o una gran catástrofe. El de 1518 quedó grabado en la memoria de Estrasburgo por algo mucho más difícil de explicar. Durante varias semanas, una ciudad próspera del Sacro Imperio Romano Germánico contempló cómo decenas, y probablemente centenares, de sus habitantes comenzaban a bailar compulsivamente en plena calle, incapaces de detenerse pese al agotamiento, las heridas y el sufrimiento físico. Ningún cronista supo describir con claridad lo que estaba viendo. Tampoco los médicos de la época encontraron una explicación convincente. Lo único evidente era que aquello desafiaba toda lógica.
La historia comienza con un nombre que ha llegado hasta nosotros casi por casualidad. Los documentos municipales mencionan a una mujer conocida como Frau Troffea, aunque ni siquiera sabemos con certeza si ese era realmente su apellido o una deformación posterior. Una mañana de julio salió de su casa y comenzó a bailar en mitad de la calle. No lo hacía con la alegría de quien participa en una celebración popular ni seguía el ritmo de músicos ambulantes. Los testigos describieron movimientos repetitivos, agotadores, casi mecánicos. Bailaba sola bajo el calor del verano alsaciano, sin prestar atención a quienes intentaban detenerla.
Al principio, los vecinos interpretaron la escena como una excentricidad pasajera. Quizá una discusión doméstica, quizá un episodio de locura. Sin embargo, al día siguiente seguía allí. Y al siguiente también. Apenas descansaba unos minutos para desplomarse completamente exhausta antes de volver a levantarse y continuar con aquellos movimientos frenéticos. Su rostro, según las descripciones conservadas, alternaba momentos de sufrimiento con otros de completa ausencia, como si el cuerpo obedeciera a una voluntad distinta de la suya.
Lo verdaderamente inquietante ocurrió cuatro o cinco días después. Otras personas comenzaron a imitarla. Primero fueron unas pocas. Luego varias decenas. Ninguna parecía conocerse especialmente entre sí. No pertenecían al mismo barrio ni compartían oficio. Simplemente empezaban a bailar sin motivo aparente y eran incapaces de detenerse. Los cronistas describen escenas desconcertantes: hombres y mujeres girando sin música, chocando entre ellos, cayendo al suelo completamente exhaustos para volver a incorporarse poco después. Algunos gritaban. Otros lloraban mientras seguían moviendo los pies. El baile, lejos de parecer una diversión, adquiría el aspecto de un castigo físico.
Las autoridades municipales comenzaron a preocuparse cuando comprendieron que el fenómeno no desaparecía por sí solo. Estrasburgo era entonces una ciudad comercial de unos veinte mil habitantes, situada en un punto estratégico entre el mundo germánico y el francés. Sus calles estaban acostumbradas al bullicio de mercaderes, artesanos y peregrinos, pero nunca habían visto nada semejante. El Consejo de la ciudad convocó a los médicos locales para intentar comprender qué estaba ocurriendo.
La respuesta de los facultativos resulta hoy sorprendente, aunque encajaba perfectamente en la medicina de comienzos del siglo XVI. Tras examinar a varios afectados concluyeron que no se trataba de una posesión demoníaca ni de un castigo divino, sino de un exceso de «sangre caliente». Según la teoría de los humores, dominante desde la Antigüedad, el organismo podía desequilibrarse por múltiples causas, provocando comportamientos extraños. Si el cuerpo necesitaba bailar para expulsar ese exceso de calor interno, lo peor que podía hacerse era impedirlo.
Aquella interpretación condujo a una decisión extraordinaria. En lugar de prohibir los bailes, el Ayuntamiento decidió facilitar que los enfermos continuaran moviéndose hasta agotar completamente el impulso que los dominaba. Se habilitaron espacios públicos, se construyeron plataformas de madera y se contrató a músicos profesionales para acompañar a los afectados. Tamborileros, violinistas y gaiteros recibieron dinero municipal para tocar durante horas mientras los enfermos seguían bailando.
La medida produjo exactamente el efecto contrario al esperado.
Lejos de remitir, el fenómeno pareció intensificarse. Los músicos atraían curiosos, los curiosos se mezclaban con los bailarines y el espectáculo adquiría dimensiones cada vez mayores. Algunos documentos hablan de decenas de personas danzando simultáneamente; otros elevan la cifra a varios centenares en el momento culminante de la crisis. Es imposible verificar esos números con absoluta certeza, pero todos coinciden en que la ciudad vivió durante semanas una situación completamente fuera de lo común.
Los relatos posteriores aseguraron que muchos murieron de agotamiento, ataques cardíacos o derrames cerebrales. Sin embargo, aquí conviene ser prudentes. Las fuentes contemporáneas mencionan enfermos graves y personas desplomadas por el esfuerzo, pero el célebre dato de «quince muertos al día» procede de reconstrucciones muy posteriores y carece de respaldo documental directo. Lo verdaderamente extraordinario no fue tanto el número de víctimas como la incapacidad absoluta de las autoridades para comprender qué estaba sucediendo.
Solo cuando el experimento de los músicos fracasó por completo cambió la estrategia. Los responsables municipales comenzaron a sospechar que el origen podía ser espiritual y ordenaron trasladar a muchos afectados hasta el santuario de San Vito, en Saverne, donde fueron sometidos a rituales religiosos destinados a romper la supuesta maldición. Algunos recibieron pequeñas cruces de madera; a otros les colocaron zapatos bendecidos y se celebraron ceremonias especiales para invocar la protección del santo.
Poco a poco, el fenómeno desapareció con la misma extrañeza con la que había comenzado.
No hubo una explicación oficial.
No apareció un culpable.
No se descubrió ninguna enfermedad.
Simplemente, un día los bailarines dejaron de bailar.
Y el mayor misterio de la historia de Estrasburgo acababa de empezar.
El misterio que la ciencia todavía no ha resuelto
Si la historia hubiera terminado con la desaparición de los bailarines, probablemente hoy no ocuparía más que una nota a pie de página en la historia de Estrasburgo. Lo que ha convertido aquel episodio en uno de los grandes enigmas de la medicina es que, quinientos años después, seguimos sin saber con seguridad qué ocurrió realmente. A diferencia de otras epidemias históricas, aquí no existe un virus identificado, ni una bacteria, ni un tóxico cuya presencia pueda demostrarse con certeza. Solo disponemos de crónicas, documentos municipales, informes médicos y algunas referencias religiosas que, aunque coinciden en los hechos esenciales, dejan enormes zonas de sombra. Precisamente esa incertidumbre ha convertido la llamada «epidemia de baile» en un auténtico campo de batalla entre historiadores, médicos, psiquiatras y neurólogos.
Durante mucho tiempo la explicación más popular fue también la más pintoresca. Según esta teoría, los habitantes de Estrasburgo habrían consumido pan elaborado con centeno contaminado por un hongo, el cornezuelo (Claviceps purpurea), responsable del ergotismo. El argumento parecía convincente. El cornezuelo produce alcaloides con efectos sobre el sistema nervioso y contiene sustancias químicamente emparentadas con el LSD sintetizado siglos después por Albert Hofmann. Si aquel hongo podía provocar alucinaciones, espasmos musculares y alteraciones del comportamiento, quizá también explicara el impulso irrefrenable de bailar.
La hipótesis tuvo un enorme éxito divulgativo. Aparecía en documentales, libros de curiosidades e incluso manuales de historia de la medicina. Sin embargo, la mayoría de los especialistas actuales la considera muy poco probable. El ergotismo produce convulsiones dolorosas, gangrena en las extremidades por la constricción de los vasos sanguíneos, vómitos, delirios y una intensa sensación de quemazón que en la Edad Media dio origen al llamado «fuego de San Antonio». Lo que difícilmente permite es mantener durante horas o días una actividad física tan exigente como la descrita en Estrasburgo. Quien hubiera ingerido suficiente cantidad de cornezuelo para sufrir una intoxicación grave difícilmente habría podido sostener semejante esfuerzo antes de desplomarse.
Descartado el hongo, la mirada se dirigió hacia otro terreno mucho más complejo: la mente humana. Desde finales del siglo XX numerosos investigadores han defendido que la epidemia de Estrasburgo constituye uno de los mejores ejemplos conocidos de lo que hoy se denomina enfermedad psicógena colectiva o histeria colectiva. El término puede sonar anticuado, pero describe un fenómeno perfectamente documentado: grupos de personas que desarrollan simultáneamente síntomas físicos reales sin que exista una causa orgánica identificable. No se trata de fingimiento. Los afectados experimentan de verdad dolor, mareos, parálisis, desmayos o movimientos involuntarios. Lo extraordinario es que esos síntomas se propagan socialmente.
Existen ejemplos mucho más recientes. En 1962, en la actual Tanzania, una risa aparentemente inofensiva iniciada por tres alumnas de un internado femenino terminó afectando a centenares de personas y obligó a cerrar varias escuelas durante meses. En otros lugares se han documentado brotes de desmayos colectivos, dificultades respiratorias o extraños temblores que desaparecieron tan misteriosamente como habían comenzado. Todos ellos tienen un elemento común: aparecen en comunidades sometidas a una enorme presión emocional y encuentran una vía de expresión compartida.
Eso obliga a mirar de nuevo la Estrasburgo de 1518. No era una ciudad cualquiera. Europa atravesaba uno de los periodos más difíciles de su historia reciente. Los inviernos anteriores habían sido especialmente duros, las cosechas habían fracasado en repetidas ocasiones y el precio del trigo se había disparado. Las epidemias seguían formando parte de la vida cotidiana. La peste regresaba cíclicamente, la mortalidad infantil era elevadísima y la esperanza de vida apenas superaba los cuarenta años. A todo ello se añadían tensiones religiosas crecientes. Solo un año antes, en 1517, Martín Lutero había hecho públicas sus famosas noventa y cinco tesis, iniciando un proceso que muy pronto dividiría espiritualmente al continente. Alsacia, situada en una frontera cultural y política, vivía ese clima de incertidumbre con especial intensidad.
En semejante contexto, el cuerpo podía convertirse en el escenario donde se expresaban miedos imposibles de verbalizar. Los cronistas medievales y renacentistas conocían bien otros fenómenos parecidos agrupados bajo el nombre de coreomanías, del griego choreia, «danza». Desde los siglos XIII y XIV aparecen referencias dispersas a grupos que bailaban compulsivamente por ciudades de Alemania, Flandes o el valle del Rin. En ocasiones aquellos movimientos se interpretaban como una maldición de San Vito o de San Juan, santos a quienes se atribuía el poder de castigar con danzas incontrolables a quienes los habían ofendido.
La religión desempeñaba aquí un papel esencial. Para un europeo del siglo XVI, el mundo sobrenatural no constituía una metáfora, sino una realidad cotidiana. Ángeles, demonios, reliquias milagrosas y castigos divinos formaban parte del paisaje mental tanto como los mercados o las iglesias. Cuando alguien comenzaba a bailar sin control, muchos vecinos no pensaban en una enfermedad desconocida, sino en una intervención sobrenatural. Esa convicción podía amplificar el fenómeno. Si toda una comunidad esperaba que la maldición se extendiera, aumentaban también las probabilidades de que otras personas interpretaran sus propios síntomas físicos dentro del mismo marco cultural.
Quizá esa sea la principal enseñanza de Estrasburgo. La epidemia no se entiende únicamente desde la biología ni exclusivamente desde la psicología. Exige comprender una sociedad entera, con sus creencias, sus angustias y su manera de interpretar el sufrimiento. La ciencia moderna puede explicar cómo el estrés extremo altera el comportamiento humano, pero necesita también que la historia reconstruya el mundo emocional de quienes vivieron aquel verano de 1518. Porque las personas no enferman solo con el cuerpo. También lo hacen con las ideas, los miedos y las expectativas que comparten con quienes las rodean. Y en ese terreno, cinco siglos después, Estrasburgo sigue siendo un laboratorio tan fascinante como inquietante.
Cuando el miedo también era contagioso
La tentación de contemplar la epidemia de Estrasburgo como una extravagancia irrepetible dice mucho más de nosotros que de quienes la vivieron. Desde la comodidad del siglo XXI resulta fácil sonreír ante la idea de una ciudad donde centenares de personas bailan sin descanso hasta caer desplomadas. Sin embargo, si algo enseña este episodio es precisamente lo contrario: los seres humanos nunca dejamos de reaccionar colectivamente ante el miedo. Cambian las circunstancias, cambian las creencias y cambian los síntomas, pero el mecanismo profundo continúa siendo sorprendentemente parecido. Estrasburgo no fue una anomalía. Fue una manifestación extrema de una realidad mucho más amplia.
El siglo XVI era un mundo donde la incertidumbre impregnaba prácticamente todos los aspectos de la existencia. Hoy hablamos de crisis económicas, cambio climático o pandemias globales; entonces la amenaza era permanente y cotidiana. Una mala cosecha bastaba para desencadenar una hambruna. Una tormenta podía arruinar el trabajo de todo un año. Las enfermedades aparecían sin previo aviso, la medicina apenas podía aliviar el sufrimiento y la muerte formaba parte del paisaje habitual de cualquier familia. La esperanza de controlar el propio destino era mucho menor que la nuestra.
En ese contexto, el cuerpo adquiría un significado muy distinto. No era únicamente un organismo biológico, sino un territorio donde podían manifestarse fuerzas invisibles. Un temblor, una parálisis o un dolor inexplicable rara vez se interpretaban como un simple problema físico. Eran señales. Advertencias. Castigos. La frontera entre enfermedad, religión y superstición apenas existía. Por eso los habitantes de Estrasburgo aceptaron con relativa naturalidad que un grupo de personas pudiera verse afectado por una especie de maldición danzante. Aquella explicación resultaba, para ellos, mucho más lógica que para nosotros una infección vírica.
Las autoridades tampoco actuaban movidas por la ignorancia, sino por los conocimientos disponibles en su tiempo. Hoy sorprende que contrataran músicos para acompañar a los bailarines, pero aquella decisión respondía a una teoría médica perfectamente respetable en el siglo XVI. Si el exceso de movimiento era consecuencia de un desequilibrio interno, había que permitir que el cuerpo expulsara ese exceso hasta recuperar el equilibrio perdido. Solo cuando esa estrategia fracasó se recurrió al lenguaje religioso, organizando peregrinaciones y ceremonias dedicadas a San Vito. Desde una perspectiva moderna ambas soluciones parecen igualmente absurdas, pero entonces formaban parte de un mismo intento racional por comprender lo desconocido.
Quizá lo más fascinante sea comprobar que Estrasburgo no fue un caso completamente aislado. Desde finales de la Edad Media se documentan episodios semejantes en distintas regiones del centro de Europa. En 1237, un grupo de niños habría recorrido bailando decenas de kilómetros desde Erfurt hasta Arnstadt. En 1278, unas doscientas personas comenzaron a danzar sobre un puente del río Mosa hasta provocar su derrumbe, aunque este episodio se mezcla probablemente con elementos legendarios. En los siglos XIV y XV aparecen nuevas referencias en ciudades del Rin y de Flandes. Nunca alcanzaron exactamente la misma notoriedad que el caso de 1518, pero dibujan un fenómeno recurrente que desconcierta tanto a los cronistas medievales como a los historiadores actuales.
Y no son los únicos ejemplos de comportamientos colectivos difíciles de explicar. A lo largo de la historia han surgido comunidades enteras convencidas de haber sido envenenadas por gases inexistentes, escuelas donde decenas de alumnos comenzaron a sufrir desmayos simultáneamente sin causa médica detectable o fábricas en las que centenares de trabajadores desarrollaron síntomas idénticos tras un simple rumor. En todos esos casos, las investigaciones posteriores descartaron intoxicaciones, virus o contaminantes ambientales. Lo que se había propagado no era un agente físico, sino una expectativa compartida.
La diferencia entre aquellas epidemias modernas y la de Estrasburgo reside sobre todo en la forma de expresar el sufrimiento. En una sociedad profundamente religiosa, el miedo podía adoptar la forma de una posesión, de una visión mística o de una danza incontrolable. En una sociedad industrial podía manifestarse mediante desmayos, dolores de cabeza o dificultades respiratorias. Los síntomas cambian porque también cambian las creencias. Lo que permanece constante es la extraordinaria capacidad del ser humano para contagiar emociones.
Ese aspecto convierte la epidemia de baile en algo mucho más cercano de lo que podría parecer. Durante la pandemia de COVID-19 se difundieron con enorme rapidez rumores, comportamientos imitativos y reacciones colectivas que recordaban, salvando todas las distancias, hasta qué punto las emociones también viajan de persona a persona. Las redes sociales aceleran hoy un proceso que en 1518 dependía de las plazas, las iglesias y los mercados. El escenario ha cambiado radicalmente, pero la psicología colectiva sigue obedeciendo a mecanismos sorprendentemente similares.
Por eso el verano de 1518 continúa fascinando a médicos, historiadores y psicólogos. No porque represente una rareza irrepetible, sino porque obliga a reconocer una verdad incómoda: el ser humano no siempre actúa como un individuo aislado. Vive inmerso en comunidades que comparten miedos, esperanzas, rumores y símbolos. Cuando esas emociones alcanzan una determinada intensidad, pueden llegar a expresarse físicamente de maneras que desafían cualquier explicación sencilla.
Cinco siglos después, la imagen de aquellos hombres y mujeres bailando sin descanso bajo el calor de julio sigue resultando inquietante. No sabemos exactamente qué les ocurrió. Tal vez nunca lleguemos a saberlo. Pero quizá esa incertidumbre sea precisamente la razón por la que seguimos hablando de ellos. La epidemia de Estrasburgo no nos enfrenta únicamente a un misterio histórico. Nos recuerda que la frontera entre la razón y el comportamiento colectivo es mucho más frágil de lo que solemos admitir. Y que, a veces, las sociedades también pueden perder el compás.



